dimecres, 10 de juny de 2015

El círculo abierto

El último día de vacaciones. El árbol apoyado en el alféizar de la ventana me enmarca la imagen del paraíso que me ayudará a sobrevivir hasta el próximo año. Abro la puerta y la veo, quieta y blanca, medio escondida detrás de unos matorrales. Hace horas que ronda y, aunque sé que no debería hacerlo, dejo abierto y me retiro un poco. Perfectamente consciente de que, si quiere, me seguirá. Y lo hace. Entra poco a poco, oliendo y frotándose a los muebles, en círculos cada vez más amplios. De vez en cuando me mira y yo me limito a mantenerme a una distancia respetuosa pero lo suficientemente corta como para hacerle saber que es bienvenida. No es mi casa, pero las dos podemos imaginar que aquel es nuestro lugar, aunque sea por unos pocos momentos. El lugar que siempre habíamos soñado y que, de vez en cuando, podemos tocar y dejar que nos toque. Un salto rápido a la cama y un momento dentro del armario, comprobando la suavidad de las mantas. Antes de salir por la puerta todavía abierta, se frota a mis piernas con más insistencia y menos prisa. De alguna manera sé que entre yo, ella y la habitación del árbol apoyado en el alféizar de la ventana, se ha establecido un vínculo. Todavía no sé de qué tipo pero tengo suficiente con saborear el vacío de la despedida que, ahora mismo, tiene otro sabor, más ácido y también más dulce. Trajino maletas hacia el coche e intento almacenar lo más adentro que puedo el aire de libertad que he respirado durante los últimos cuatro días. Abro los pulmones, insaciables de la vida que encuentro en este pueblo perdido cada primavera. Me olvido de cerrarlos al ver a mi nueva amiga volviendo. No la esperaba. El círculo se había cerrado, yo tenía que marchar y ella ya me había regalado un inolvidable instante de pura felicidad. Pero resulta que no era verdad, y nada se había cerrado. La gata volvía con uno de sus hijos en la boca. Suelto un pequeño grito de sorpresa y ella, con una expresión de confianza total, me lo deja a los pies, mientras se estira en el suelo. El pequeño busca la leche de su madre. Ella me mira. Y yo, una vez más, entiendo que nada se acaba y que el mundo está lleno de misterios maravillosos que sólo esperan que les abramos la puerta.