CV literari català

Guanyadora del premi Núvol de contes, Barcelona, 2016

Guanyadora de la Lliga de Microrelataires Catalans, 2016

Finalista del premi Tinet, Tarragona, 2016

Finalista del concurs ARC, 2016

diumenge, 27 de setembre de 2015

La ciudad de las ventanas cerradas

En Nueva York casi todas las ventanas son fijas. Esto quiere decir que no se pueden abrir. Nunca.

Las que todavía se abren son las de guillotina. No tengo ni idea si el nombre es correcto, pero es el único que les corresponde. Las personas en condiciones físicas normales renuncian antes de intentar abrirlas y lo hacen porque pesan demasiado, porque es necesario hacer equilibrios extraños para aguantarlas con una mano mientras las levantan con otra y porque casi siempre debajo hay un mueble que hace que el acceso sea casi imposible. El miedo de que, para abrir una ventana, acaben con la cabeza separada del resto del cuerpo y rodando sobre el asfalto manchado de escupitajos, hace que la gran mayoría de humanos decidan asfixiarse según todas las normas de seguridad dentro de los apartamentos antes que tocarla.

La explicación de que nadie abra las ventanas es el aire de fuera, que es contaminado, caliente y maloliente. La culpa de que el aire de fuera sea contaminado, caliente y maloliente la tienen los aparatos de aire acondicionado que la gente que vive dentro de los apartamentos con ventanas cerradas necesita para vivir. Todo es un círculo vicioso. Los aparatos de aire acondicionado hacen que el aire sea irrespirable. El aire irrespirable hace que la gente tenga las ventanas cerradas. Las ventanas cerradas hacen que los aparatos de aire acondicionado funcionen sin cesar, en estado de permanente y gris provocación a las leyes del universo conocido.

En Nueva York la gente cumple sus rutinas en el lado de fuera de las ventanas cerradas: de casa al trabajo, del trabajo en el súper o en el bar, del súper o del bar en casa. Detrás de las ventanas cerradas puede ser que la gente de Nueva York viva sus fantasías, sus penas, sus sueños o sus pesadillas. Como nadie lleva ninguna sonrisa o lágrima puesta cuando sale a la calle, no tenemos indicios de vida más allá de las ventanas. De hecho, nadie tiene ni idea de que hay detrás de los aparatos de aire acondicionado y de las ventanas cerradas de Nueva York.