dilluns, 17 de novembre de 2014

Ejercicios de memoria

 A Joe Brainard

Recuerdo la calle demasiado larga, con casas demasiado altas y bancos donde había mujeres sentadas que me miraban con ojos demasiado abiertos.
Recuerdo las piedras del río, redondas y resbaladizas, que acostumbraba levantar con las dos manos para dejarlas caer de inmediato cuando, inevitablemente, el pececito escondido salía de debajo de la piedra.
Recuerdo el olor del pan que la abuela sacaba del horno en el momento justo que el abuelo abría la puerta de la calle.
Recuerdo que mi primo quería enseñarme a bailar y que yo corría a esconderme entre las ramas de los manzanos viejos del huerto.
Recuerdo la inmensa noguera detrás de la casa, que siempre me explicaba cuentos pero nunca los acababa.
Recuerdo que el abuelo, que nunca decía nada bueno de nadie, un día, pensándose que yo no le podía escuchar, dijo que nunca había visto a alguien que limpiara la mesa más de prisa que yo.
Recuerdo el ruido del arroyo que se deslizaba por debajo de mis párpados, colmados de sueño, al llegar al pueblo de madrugada, después de un viaje que duraba toda una noche y un día, y me despertaba de golpe.
Recuerdo el color del pintalabios de mi prima Vetolina.
Recuerdo que tenía que pasar por delante de muchos árboles extrañamente callados cuando sacaba las ocas a pacer y que pensaba que ellos se reían a mis espaldas porque les tenía miedo a las ocas.
Recuerdo que la calle que atravesaba el pueblo se hacía mucho más corta si el abuelo me daba la mano.